martes, 20 de mayo de 2008

Aunque el mono se vista de seda, no siempre mono se queda (Segunda parte)

por Andrés Felipe Loaiza Colorado
loaizacolorado@gmail.com

Luego de una larga jornada en la academia, mi día ha cambiado un poco. Pensándolo bien, no ha sido tan malo; y poco a poco voy superando mi crisis.
Me dirijo a mi casa, pero presencio un acto que me lleva de nuevo a pensar en la estigmatización.
Un hombre que lleva una caneca de pintura intenta ingresar a la estación Exposiciones, pero es abordado por un policía que le hace destapar la caneca y le da excusas para no dejarlo entrar: que en El Metro sólo se llevan paquetes pequeños, etc. Al final, el policía deja entrar a este hombre, que ya ha sido avergonzado delante de todos los que a esa hora vamos de regreso a nuestros hogares.

Mi curiosidad –que terminará matándome – no me dejó sin averiguar qué había en la caneca; y obviamente, había lo que parecía tenía: pintura.
Ya en el vagón noto que en su bolsillo trasero izquierdo lleva papel lija, como quien se dirige a pintar. Pero ya tan tarde, a lo mejor sea pasa su casa.
Mucha gente se dirige a su casa, y es por ello que la caneca empieza a estorbar y debe ser puesta en uno de los extremos junto a las puertas del vagón; la gente mira con cierto aire despectivo al dueño de la misma, quien pide permiso para acomodarla.

Reflexiono un momento y me pregunto: ¿Quién es? ¿Cuántos años tendrá? ¿Y los hijos?
Son muchas cosas las que se me vienen a la cabeza: su extensa barba y sus ojos grandes dejan ver una alegría intrínseca en su rostro; su rostro deja ver el cansancio de una jornada de trabajo; las manos en los bolsillos con cierto aire despreocupado y relajado.
Cada vez me intrigo por saber más sobre aquel personaje, que sin saberlo ha entrado a ser parte de mi mundo, y que por medio de una caneca revivió la crisis existencial iniciada en la mañana. Debido a esa intriga decido seguirlo. Se baja en la estación Caribe (la que tiene acceso a la Terminal de Transportes) y yo bajo tras él. No nota que lo sigo porque guardo distancia. Pero no pasará mucho tiempo para que note que lo sigo. Lo nota porque él no pensaba bajarse allí, sino hacer una escala para entregar la caneca de pintura a alguien que lo espera al otro lado de las registradoras de la estación.
Al entregar la caneca de pintura, regresa a la plataforma a esperar el siguiente tren. Yo regreso igualmente, lo cual hace que note mi presencia y que se me dificulte seguirlo más de cerca. Antes de que llegue el tren se choca con una señora, la cual lo mira despectivamente como si fuese más que él; no sabe u olvida que si "es de mejor familia", en lugares públicos como El Metro nada nos diferencia.
Llega el tren pero subo en un vagón diferente al suyo, aunque no lo pierdo de vista por la ventana de los trenes. Confieso que nunca había seguido a nadie; no había experimentado el vértigo que se siente.

Llegamos a la estación que hace enlace con la línea K, donde bajó; no niego que quise seguirlo y subir con él en el mismo cubículo rojo ,adornado así por estos días en que se aproxima la Feria de las Flores, y que se dirige a Santo Domingo Savio. Me hubiese gustado seguirlo y ver su casa, su puerta; conocer si tiene familia: esposa, hijos. Ver su barrio, que ha cambiado impresionantemente desde que El Metro invadió sus cielos para brindarles un medio de transporte más rápido y seguro, para apaciguar la violencia de sus calles y adornar el recorrido con vallas iluminadas.
¿Por qué no lo hice? ¿Por qué no lo seguí?
No fue sólo por evitar que se diera cuenta que lo seguía; también, creo que influyó mi "crisis existencial". Ésta aumentó cuando el policía le hizo abrir la caneca y dejó pasar a varias personas que llevaban grandes maletas (incluido yo), ¿Será porque no íbamos vestidos como obreros?
Aumentó, cuando fue mirado despectivamente por la señora en señal de desprecio, como si fuese más que él. ¿será por su ropa de trabajo?
Y hubiese aumentado más la crisis si después de seguirlo hasta su casa, me doy cuenta que lo poco que gana en su sacrificado trabajo, no le alcanza ni para darle un retoque a su casa con una "caneca de pintura".
Lastimosamente hoy en día uno no es "lo que es", sino lo que tiene; y lo que tiene para los demás. Y a veces nos están juzgando más por el cómo nos ven, y no se fijan que somos más que apariencia física, porque al final de cuentas aunque el mono se vista de seda, no siempre mono se queda. Yendo hasta el fondo: hay quienes vestidos de seda siempre serán monos y hay quienes nunca lo serán así no estén vestidos de seda.